Aquí la libertad no sólo se respiraba, sino que se vivía y donde se
reunían otras parejas o grupos de naturistas.
La luz dorada del atardecer patinaba con romanticismo los paisajes y
los cuerpos. Las sombras eran lánguidas y dibujan formas sinuosas en la
arena, mientras los primeros murmullos de una fiesta nudista, comienza a
envolver el aire con, melodías y música entre blues, baladas románticas.
El nombre de esta playa lo había escuchado en susurros o comentarios
de conocidos. Se llamaba Playa Desnuda, a pocos pasos de Nudelot, que
nació como una propuesta donde se pudiera disfrutar de las virtudes del
baño de aire adánico. Un lugar donde cualquier cuerpo era venerado como
arte, sin importar las medidas ni la edad. Allí las almas se despojan de
sus barreras, miedos o tabúes. La igualdad de género era total y el
topless solía ser el primer paso en la iniciación.
El nudismo era, en realidad, una idea bastante antigua y la censura,
proveniente de la ciudad textil en que vivíamos, nos privó del libre y
estimulante éxtasis de la desnudez en la naturaleza.
Nos adentramos en la zona donde llevar bañador era opcional, quizás más
por curiosidad y por vivir una inolvidable aventura de verano. Sentíamos
el latido de la naturaleza a cada paso, pero con inseguridades que son
comunes entre los nudistas primerizos
El ambiente era sensual y cálido como un abrazo amoroso; la piel
bronceada de cada turista brillaba con una confianza encantadora, las
miradas cautivaban por su placidez y todas las personas lucían
atractivas, cualquiera fuera su edad, sexo o peso corporal.
Durante el camino nos cruzamos con seres que parecían salidos de un
cuento fantástico, algunos paseaban en bicicleta, otros departían en
grupos familiares, otros jugaban volley o simplemente deambulaban,
mientras se liberan poco a poco del stress citadino.
Recordé los relatos de Nudelot, sobre esos universos míticos y esas
experiencias nudistas que ahora añorábamos descubrir y experimentar.
Entre ellos, creí ver a Alyssa, la sirena de cabellos de fuego, que
había elegido la tierra, para descubrir el placer de caminar entre
humanos. Sus ojos color esmeralda y unas gotas de sudor, embellecían su
rostro y su cuerpo.
Nos invitaron a unirnos a la celebración, no importaba si era
equinoccio, fin de ardoroso verano o llegada de la apasionada primavera,
La desnudez nos hermanaba a todos como una gran familia.
En un rincón de la playa, una hoguera gigantesca crepitaba, lanzando
chispas hacia el cielo. Parecía un ritual vikingo o indígena. A su
alrededor, cuerpos danzaban en perfecta sincronía, aunque deliraban con
una frenética alegría. Todos despojados de sus ropas .
Es curioso como respiramos una placidez total a los pocos minutos de
habernos desnudado.
Descubrimos que nadie se fijaba o miraba a alguien con alguna actitud
que incomodara. Nos unimos a ellos y experimentamos, como nuestros pies
seguían un ritmo primitivo y profundo. Era maravilloso sentir que
nuestros espíritus se tornaban cada vez más libres, sin las más mínimas
ataduras
La arena bajo nuestros pies creaba el escenario perfecto para esta obra
demasiado surrealista, en la que todos los participantes nos
convertíamos en protagonistas.
En la penumbra y las sombras de las ramas de las palmeras jugaban y
creaban personajes fantásticos, mientras corría una brisa cálida, como
cuando el sol acaricia al horizonte. El ambiente estaba bañado por su
suave luz dorada. Todo era un remanso de tranquilidad total, que
contrastaba con la tormenta de emociones que crecía en nuestros
interiores.
A medida que este fantástico festival de alegría y vida crecía, escuché
sobre otros eventos nudistas que se desarrollan en esta playa mágica:
concursos de esculturas corporales en la arena, figuras moldeadas a
partir de la imaginación; caminatas nocturnas bajo la luz de la luna,
cuentos sobre duendes, mitos y leyendas de esta playa donde los cuerpos
se mimetizaban con la naturaleza…
Cerca de la medianoche, la fiesta alcanzó su clímax. Los personajes de
Nudelot se mezclaban entre los asistentes, como si los relatos del poeta
Cedielus hubieran cobrado vida.
Allí estaba Khelian, el guardián del bosque nudista, cuyo cuerpo parecía
hecho de madera y musgo y que, con una sonrisa de lado a lado sobre su
rostro, nos ofreció una copa de vino dorado, hecho con frutos de la
tierra que él mismo sembró con amor y de manera orgánica.
Sentimos una paz indescriptible, una celebración del cuerpo, una
comunión con la naturaleza, con los demás y, sobre todo, con nosotros
mismos. En esta playa escondida uno descubría una nueva faceta de
libertad, una experiencia novedosa y única, porque el sentir y forma de
percibir o de experimentar de todos, es diferente.
La mañana siguiente llegó como un suave despertar por los trinos de los
pájaros, el aroma a café fresco y el arrullo del mar. El sol volvió a
acariciar nuestras pieles, y mientras nos despedíamos de este pequeño
paraíso, supe que volveríamos.
Si alguna vez te has preguntado, cómo sería vivir una experiencia así,
deja que la playa cercana a Nudelot te seduzca. Aquí, en este rincón
escondido del mundanal ruido, del correr desbocado, del eterno carnaval
de antifaces y apariencias, descubrirás que no hay mayor belleza que la
de ser uno mismo, sin disfraces ni máscaras.
Héctor Cediel Guzmán
Bogotá, D.C. Colombia
hectorcediel@gmail.com
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