Historia
El Final de la Desnudez Humana
El ser humano, al igual que sus antepasados primates, fue originalmente un ser desnudo. Con el tiempo comenzó a vestirse por una combinación de factores biológicos, ambientales y sociales.

La pérdida de vello corporal facilitó la regulación térmica en las sábanas africanas, pero dejó la piel expuesta. Al migrar hacia climas fríos, la ropa se volvió esencial para la supervivencia, permitiendo conservar el calor y protegerse de condiciones extremas.
Además del clima, la vestimenta actuó como una barrera física contra insectos, espinas, heridas y otros riesgos del entorno. El desarrollo de calzado protegió los pies y ciertas prendas resguardaron órganos sensibles durante la caza y la recolección. Con el tiempo, la ropa adquirió funciones simbólicas: marcó estatus social, pertenencia cultural, normas de pudor y formas de expresión personal. Estudios genéticos sobre piojos de la ropa indican que el uso de prendas comenzó entre 83.000 y 170.000 años atrás.
Las primeras materias primas fueron pieles animales, utilizadas desde el Paleolítico. Su preparación incluía desollar con herramientas de sílex, limpiar con raspadores y ablandar mediante golpes, humedad y grasas. Más tarde se empleó ácido tánico obtenido de cortezas de árboles como robles y sauces, lo que permitió flexibilizar e impermeabilizar las pieles. También se elaboraron fibras vegetales para cuerdas y prendas simples.
Con la revolución neolítica, el ser humano se volvió sedentario y desarrolló la agricultura y la domesticación de animales. Este cambio permitió grandes avances tecnológicos, como la cerámica y los telares, que impulsaron las artes textiles. Las pieles comenzaron a ser reemplazadas por tejidos de lino, mientras que el algodón se difundió más tarde. Los tejidos se producían cruzando urdimbre y trama, técnica posiblemente derivada de la cestería. Ya en esta época se teñían telas con pigmentos vegetales en tonos amarillos, rojos y azules. Las pinturas rupestres del Levante español muestran faldas largas, tocados, plumas y adornos corporales.
La Edad de los Metales (Cobre, Bronce y Hierro) marcó un nuevo avance económico y social. La metalurgia impulsó el comercio y permitió incorporar la lana como material textil. También se difundieron las joyas entre las élites. Un ejemplo excepcional es Ötzi, la momia del cuarto milenio a. C. hallada en los Alpes, cuya indumentaria completa incluía gorro, capa vegetal, taparrabos, pantalones, cinturón y calzado, todos elaborados con pieles y fibras naturales.
Los adornos corporales tienen un origen muy antiguo: hacia 30.000 a. C. ya se usaban collares, pendientes y pinturas corporales con funciones rituales, decorativas o simbólicas. La joyería prehistórica se conoce principalmente por hallazgos funerarios, donde objetos como diademas, brazaletes o collares acompañaban a los difuntos. Se empleaban huesos, conchas, piedras y, más tarde, metales. El oro fue el material más valorado por su brillo y maleabilidad; la plata comenzó a usarse en la Edad del Hierro. En la Edad del Bronce ya existían piezas sofisticadas, como las halladas en Stonehenge: botones de azabache, brazaletes con ribetes de oro y pendientes.
En conjunto, la evolución de la indumentaria refleja la adaptación humana al entorno, el desarrollo tecnológico y la creciente complejidad social. La ropa pasó de ser una necesidad biológica para convertirse en un elemento cultural, simbólico y estético fundamental en la historia de la humanidad.
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